Wednesday

La alacena

No sé si es que hoy estoy particularmente sensible, no sé si es la fiesta que organizaron mis hormonas este día, tampoco sé si es más un día difícil o si es de esas veces en las que la fuerza se agota, en donde el frasco de las sonrisas se acaba y la bolsa de las ganas está vacía. Además de eso, en la alacena hay decenas de latas llenas de tristeza, nostalgia, sueños truncos, abrazos no dados, besos sin dormir y palabras muertas. Hoy, particularmente hoy, duele demasiado el asiento vacío alrededor de la mesa. Me duele tanto el corazón que siento que me presiona los pulmones, lo siento en la espalda, siento la presión muy intensa. Hoy... a un par de meses de contar 5 años desde tu partida, hoy me siento así. Respiro, y percibo el aroma de las flores mezclado con el aire acondicionado de esa pequeña salita. En donde lo hinchado de mis ojos no me permitía ver claramente el rostro de toda esa gente que llegó a verte. Hubo tanta gente que casi no recuerdo a nadie, hubo tantas flores que casi olvidé dónde estaban colocadas. Algo que nunca podré olvidar es el olor de las flores con el aire acondicionado, todavía lo sigo respirando. Pero hoy, no se trata de recuerdos. Hoy se trata de memorias en el corazón, de heridas en el alma, de huellas imborrables. Ese dolor en los pies de haber dado los pasos que jamás pensé dar, esa desilusión de la estúpida fantasía de haberme sentido la excepción en la regla y esa terrible frialdad de cuando la realidad te pega en la cara. Y ahora que lo pienso... siempre lo supe, pero me daba tanto miedo que decidí vivir como si no lo supiera. Decidí creerme la fantasía y no importaba si al final la verdad me hacía pedazos, no importó. Pero sí, creo que siempre lo supe. Seguramente esas cajas empolvadas de la alacena están llenas de verdad, tienen toda la historia adentro, todos los datos, las señales. Seguramente todo está ahí y siempre estuvo. Seguramente yo lo puse todo en esas cajas.

La mancha en el techo

No sé cuánto tiempo pasó antes de que me quedara dormida, pero esa mancha en el techo llamó mi atención más de lo normal, más que otras noches. No sé qué me molesta más, la mancha en sí o el hecho de no saber por qué está ahí, de dónde vino o qué composición tiene. Además ¿por qué nadie la ha limpiado? La veo todas las noches cuando me voy a la cama, y pareciera que ella me conoce más a mí. Siento que cuando apago la luz se ríe de mí y baja por los muros y las ventanas, se pasea frente a mí como si yo no estuviera ahí, con descaro. Sabe que la sé en mi techo, quieta y calma, y por eso abusa. ¡Encenderé la lámpara para pillarla en sus travesuras! Pero apenas ha visto que extiendo el brazo para presionar el interruptor, corre de vuelta al techo, disimula y finge que siempre estuvo ahí. ¡Mentirosa! Es tan mentirosa como su misma naturaleza de mancha. Es aquello que no debía estar ahí, es el error, el rastro de algo que salió mal. Es la evidencia de lo que no debía ser. Igual que esos golpes que provienen del techo provocados por mi vecino del piso de arriba, no deberían ser, son las 2:47 am y parece que arrastra un mueble. Tal vez la mancha se ha filtrado sobre mi techo hacia su piso y decidió poner un escritorio en esa parte para taparla. Tal vez, al igual que yo, no puede dormir por las hazañas de la mancha y decidió cubrirla con un mueble muy pesado. Los árboles junto a mi ventana han decidido unirse a la protesta, desde afuera arañan los cristales con sus ramas más fuertes, parece como si lloraran emulando ese sonido como cuando las uñas se arrastran por una pared lisa. Estoy segura que están furiosas por igual y que no pueden dormir. Por eso lloran. No sé qué me molesta más, si la composición de la mancha o el llanto de los árboles. Por un lado de la cortina, en donde se quedó levantada la tela cuando corrí el carrete de hilo para cerrarla, comienza a asomarse un pequeño destello de luz azul violeta. Anoche me di cuenta, cuando ya estaba acostada y acababa de envolverme en la cobija de borrego que compramos hace 6 años en Tlaxcala, me di cuenta que había quedado levantado ese pedazo de cortina, pero ya no me levanté a acomodarlo, me ganó la comodidad y lo calientito de mi cobija de borrego. Pero la luz comienza a tomar fuerza y entrar por el espacio de la cortina, y al hacerlo dirige su destello sobre la mancha del techo. Como para anunciarme que ahí existe una mancha y por si no la he visto, el día me cae encima con la noticia de mancha. Metiéndose en la conversación en la que sólo estábamos el mueble, mi vecino de arriba, la lámpara, mi techo, los árboles detrás de la ventana, el piso de mi vecino, la mancha y yo. Una noche de estas me caerá encima la mancha.

Máquina del tiempo.

Caí en un río de lodo. Estoy sumergida en un espacio profundo de fango espeso en el que, entre más me esfuerzo por salir, más me hundo. La c...