He pensando, he sentido, he creído, he visto... en un par de ocasiones, que era. Pero la vida, me dijo que no fue. Y me lo dijo de esa forma en la que habla la vida, así, sin tacto, sin mesura, sin interés en sus demostraciones.
No quiere nada de mí, no busca ni mi mente, ni mi cuerpo, ni siquiera mi aprobación, por eso me habló así.
Sin tapujos.
En todas las ocasiones me lastimó, con los gritos y los golpes. Siempre me pegó en donde más me dolía y me dijo las verdades que más me cuesta escuchar. Pero siempre hubo un intercambio, yo le dí un pedacito de mi existencia y unas cuantas lágrimas y a cambio ella me dio experiencias y vivencias.
Siempre hubo indicios, siempre hubo pequeñas cosas que faltaban. Las manos que más me habían gustado, no encajaban completamente con las mías. Así, como pieza de rompe cabezas. Aquel otro hombro no era lo suficientemente alto para proteger el mío. Aquella piel no hacía contraste con el color de mi cabello. Esas ideas iban en contra de mis pensamientos. Su lentitud desesperaba mi corazón.
Y simplemente, no era. No fue. Me lo insinuó de muchas formas, pero esas formas que el ojo humano no distingue a la hora de buscar respuestas en alguien más que no sea su propio interior. Y ella lo sabía, siempre jugó con ventaja, sabía que no lo notaría hasta haber terminado la partida.
Hoy estoy mas hundida que nunca en algo en que ni siquiera creía antes. Hoy me habló de nuevo así, franca, como va.
Y me dijo: - No seas idiota! del otro lado, es sol. Siempre. Y cuando cae... pues cae. Así también viceversa.
Se me facilita más creer un engaño que una verdad. Puedo ver mejor un disfraz que un cristal. Cuando me dijo que ya no me quería me lo creí más que cuando me dijo que me amaba. ¿Por qué? ¿Por qué es más difícil reconocer la felicidad a simple vista, si se supone que estamos en busca de ella? Se supone que vamos pendientes, con ojos bien abiertos para cazarla.
Es tan sencillo y tan simple, cuando es y cuando no.