Sunday

Princesa en el castillo

Eso no importa, ya lo había pensado y no me importó nunca.
Pensé que podías derrumbar mi castillo con tu ira. Hoy que tu ira se materializó aún queda de pié la torre mayor, el puente y el calabozo, lo demás sucumbió. Está hecho cenizas.

El príncipe no llegó para matar a la bestia y tampoco me despertó con un beso de amor. Con menos muros que hace unos años, pero continúo dentro del castillo, como cuenta la leyenda, como dice cada cuento de hadas, como hablan las historias de princesas.

Lo único malo es que a mi no me gustan los príncipes, esos con espadas, armaduras, cabellos rubios y ojos claros. Ni tampoco espero a uno. Seguramente me fijaría en el escudero, le regalaría una flor silvestre para que sepa que me gusta y luego a escondidas lo besaría.

Te viste en el espejo equivocado, porque el que aquí yace sólo dice la verdad, pero se la muestra sólo a aquel que quiera verla.

Te encontraste una zapatilla que no era mía y la escondiste para que no me la pusiera, sin haber notado antes que yo uso botas. Sin que te dieras cuenta que soy lo suficientemente alta como para ponerme tacones.

Cuando te canses de correr para salvarte del dragón y te detengas, te darás cuenta que ningún dragón te persigue, ningún hechizo de alguna bruja antepasada te asecha, ningún conjuro de un familiar fallecido cayó sobre ti; y si te asomas a escondidas me verás desde lejos, picándole el ombligo al dragón, riéndome de la bruja, haciendo muecas en el espejo y comiéndome todas las manzanas.

Tonto.

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